José Linares Gallo

El Perú suele reaccionar tarde. Solo cuando un modelo se agota y la crisis se vuelve inocultable, el país mira hacia figuras que prometen orden institucional, reglas y corrección institucional. Así ocurrió en 1872, tras el colapso del ciclo del guano, con el presidente Manuel Pardo; y así ocurre hoy, en medio de una crisis moral y política profunda, con perfiles como el de Carlos Espá. No se trata de épocas comparables en lo material, pero sí en lo estructural.

Carlos Espá
Carlos Espá, dirigente del partido SÍ Creo. Fuente: Gestión.

La crisis del Guano

Riqueza sin instituciones

La prosperidad del guano creó la ilusión de un país rico sin necesidad de instituciones. El Estado no cobraba impuestos reales, no rendía cuentas a los ciudadanos y vivía de una renta externa fácil. Cuando el guano se agotó, quedó al descubierto una república sin disciplina fiscal, sin administración moderna y dominada por el caudillismo militar. La crisis no fue solo económica; fue una crisis de legitimidad del poder.

Guano

Manuel Pardo emergió en ese contexto como una respuesta civil al desorden. No prometió redención social ni épica nacional, sino algo más incómodo: administración, educación, estadísticas, ferrocarriles y ley. Su proyecto —el civilismo— buscó reemplazar el gobierno de las espadas por el gobierno de las instituciones. La sociedad, cansada de golpes y bancarrota, aceptó ese giro, incluso defendiéndolo con violencia frente al intento de golpe de los coroneles Gutiérrez, quienes terminaron linchados.

Manuel Pardo
Manuel Pardo y Lavalle, Expresidente de la República. Fuente: Archivo Histórico y Biblioteca Central de Marina.

La crisis del actual Perú

Crecimiento sin institucionalidad

Hoy el Perú vive un fenómeno similar. Con el crecimiento en el siglo XXI, se descubre que la estabilidad macroeconómica no construyó ciudadanía, ni partidos sólidos, ni ética pública. La corrupción se normalizó, el Congreso se degradó, el Estado fue capturado por intereses y la informalidad se volvió regla. No hay colapso fiscal como en el siglo XIX, pero sí un colapso moral, ético e institucional.

En este contexto, la ciudadanía vuelve a estar dispuesta a aceptar cambios duros. Mano firme contra el crimen, filtros políticos severos, eliminación de privilegios y un discurso de orden institucional encuentran hoy una recepción social que no tendrían en tiempos normales. El hartazgo reemplazó a la paciencia.

Coincidencias de fondo

Diagnóstico y enfoque del Estado

Manuel Pardo y Carlos Espá comparten un diagnóstico central: el Perú no fracasa por falta de recursos, sino por desorden, improvisación y captura del Estado. Ambos provienen de élites formadas, no populistas; ambos desconfían del carisma como herramienta política; ambos prefieren el costo de la impopularidad antes que la demagogia.

Pardo fundó el Partido Civil para terminar con el militarismo; Espá propone elevar la valla electoral y cerrar el mercado de partidos. Pardo creyó en la educación y la infraestructura como base del orden institucional; Espá enfatiza el control institucional, la disciplina, la corrección moral y la educación, que podría funcionar fortaleciendo la demanda antes que la oferta, a partir de bonos educativos.

Dirigentes del partido civil
Dirigentes del Partido Civil. Fuente: América Noticias.

Considero que en el contexto de la crisis educativa que enfrenta el país, esta idea de bonos educativos podría contribuir a resolver parte del problema, con una suerte de Beca 18 para la educación básica, que permita recompensar el esfuerzo de los estudiantes.

Se debe comprender que la crisis de la educación actual nos está dejando sin tiempo. La tolerancia social al error es menor y la presión por resultados inmediatos es mayor. Donde Pardo aún creyó en la pedagogía republicana, Espá parte de un escepticismo profundo: antes que educar, hay que corregir.

El dilema que se repite

Orden institucional y costo político

La historia ofrece una advertencia. Manuel Pardo fue elegido cuando el país quería orden, pero gobernó cuando el margen fiscal y político ya era mínimo. Su proyecto fue éticamente sólido, pero históricamente tardío. Fue asesinado como presidente del Senado de la República, antes de la guerra con Chile, impidiéndole al país tener una sólida conducción civil nacida de las ánforas.

Si hoy un perfil como Espá fuera elegido, el escenario no sería sencillo. Tendría respaldo inicial de una ciudadanía cansada, pero enfrentaría una resistencia feroz de intereses instalados. El riesgo no sería la falta de diagnóstico, sino la capacidad del país para sostener el costo del orden institucional que dice querer.

El paralelo entre Pardo y Espá no es forzado ni simbólico. Es histórico. En ambos casos, el Perú llega al civilismo cuando el sistema ya está dañado. La pregunta no es si el diagnóstico es correcto, sino si la sociedad está dispuesta a acompañar el proceso cuando el orden institucional deja de ser consigna y se convierte en disciplina.

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