José Linares Gallo

En 2021, el país llegó a las urnas con fatiga democrática extrema: cinco presidentes en un quinquenio, una pandemia devastadora y un colapso económico. La elección no fue simplemente una competencia entre candidatos; fue una expresión de ruptura. El resultado de la primera vuelta lo evidenció con crudeza: Pedro Castillo obtuvo 18.92% de los votos válidos y Keiko Fujimori 13.41%, sumando entre ambos apenas 32.33%. Nunca un balotaje había partido de una base tan débil de representación política.

Pedro Castillo gana la presidencia en la segunda vuelta electoral. Fuente: El comercio.

En lo que va del 2026, el escenario vuelve a mostrar señales inquietantes. La oferta partidaria es más amplia, la desaprobación del Congreso ha aumentado y el voto indeciso supera con holgura el 40%. La fragmentación ya no es coyuntural; se ha convertido en una condición estructural del sistema. En ambos momentos, el denominador común es una brecha persistente entre ciudadanía y representación política.

El factor Castillo: Cercanía frente a sofisticación técnica

En ese contexto, la aparición de una figura disruptiva no puede descartarse. Para evaluar esa posibilidad conviene recordar qué representó realmente Pedro Castillo en 2021. No fue solo el candidato de una izquierda radical; fue, ante todo, una figura que personalizaba al maestro rural. No ofrecía sofisticación técnica; ofrecía cercanía. Su lema —“No más pobres en un país rico”— sintetizó una narrativa de exclusión histórica que encontró eco en amplios sectores postergados.

La cohesión del sur andino como motor electoral

En regiones como Apurímac, Ayacucho, Huancavelica, Cusco y Puno, su votación tuvo carácter plebiscitario. El sur andino votó en bloque en ambas vueltas. Y cuando el sur se cohesiona electoralmente, redefine la elección nacional. Esa dinámica alcanzó en 2021 una intensidad que las encuestas no lograron anticipar.

División del voto por regiones entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori.
División del voto por regiones entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori. Fuente: BBC.

El radar estadístico y el margen de error en el voto rural

El error de las encuestadoras fue estructural. Las restricciones sanitarias obligaron a privilegiar mediciones telefónicas y digitales, subrepresentando zonas rurales y poblaciones no hispanohablantes. El “Perú profundo” quedó parcialmente fuera del radar estadístico.

Hoy las metodologías han mejorado, pero persiste una dificultad central: capturar con precisión las dinámicas territoriales fuera de Lima. Si el voto rural vuelve a articularse de manera silenciosa y cohesionada, el margen de error podría reaparecer. Y con él, la sorpresa.

Del outsider de reivindicación al outsider de «mano dura»

Sin embargo, el paralelo con 2021 no implica que el contexto sea idéntico. La agenda pública ha cambiado. Hace cinco años la prioridad era salud y empleo; en 2026, la inseguridad ciudadana domina la conversación nacional. La demanda ya no es únicamente redistribución; es orden y control territorial. Ese desplazamiento modifica el tipo de outsider viable.

Peruanos marchando por la inseguridad ciudadana.
La inseguridad ciudadana en el Perú hoy es el tema principal del próximo presidente. El Economista.

El outsider de 2021 apeló a la reivindicación social. El outsider potencial de 2026 podría apelar a la mano dura. El mecanismo político de fondo es similar: fragmentación extrema, alto antivoto hacia figuras tradicionales y un umbral bajo para acceder a la segunda vuelta. Cuando ningún candidato supera con claridad el 15%, un candidato hoy ubicado por debajo del 5% no está fuera de carrera.

Antivoto y volatilidad: Las lecciones no aprendidas

El sur andino mantiene un peso electoral determinante. Si en 2026 el sur vuelve a cohesionarse detrás de una narrativa potente, la elección podría definirse allí. Lima concentra volumen, pero el sur define márgenes en contiendas ajustadas.

El factor antivoto también permanece vigente. En 2021, el rechazo a Keiko Fujimori fue decisivo. En 2026, nuevos personajes arrastran niveles elevados de desaprobación. En un balotaje, no siempre gana el más respaldado; suele imponerse el menos rechazado. Esa lógica favorece a candidaturas que logren posicionarse como alternativa frente a polos altamente polarizantes.

Más que ante una repetición exacta, estamos frente a un patrón estructural no resuelto: partidos débiles, representación fragmentada y brechas territoriales profundas. En ese terreno, la aparición de un outsider no es una anomalía; es una consecuencia.

Redes sociales de José Linares Gallo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *