José Linares Gallo

En el Perú hemos normalizado lo inaceptable. Cada cambio de presidente viene acompañado de la misma escena: incertidumbre, búsqueda contrarreloj de ministros, especulaciones sobre el voto de confianza y una pregunta de fondo que casi nadie formula con claridad: ¿quién gobernará realmente? En los últimos diez años hemos tenido 19 Presidentes del Consejo de Ministros.

19 premieres en una década en Perú. Elaboración propia.

Esa cifra, por sí sola, retrata una estructura política que ha convertido a la PCM en un fusible antes que en un centro de dirección estratégica del Estado.

La Presidencia del Consejo de Ministros debería ser el eje articulador de políticas públicas, el espacio donde se coordinan sectores y se construyen reformas de mediano y largo plazo. En la práctica, se ha transformado en una válvula de escape frente a crisis políticas.

Desde 2016, cada episodio de confrontación con el Congreso, ha terminado resolviéndose con la salida del premier de turno. El mensaje implícito es que cuando la presión sube, se cambia al jefe del gabinete. No se corrige la estructura, no se redefine la relación Ejecutivo-Legislativo, no se establece una agenda de Estado. Solo se cambia el nombre.

La consecuencia es obvia: ningún premier ha tenido el tiempo político suficiente para consolidar una hoja de ruta coherente. Algunos duraron meses; otros, semanas. Hubo incluso gestiones que apenas superaron los días.

Escuderos antes que gerentes: El freno al desarrollo integral

Si se revisa el perfil predominante de estos 19 premieres, se observa una tendencia: la mayoría fueron convocados para defender, no para gestionar. Abogados combativos, operadores políticos, figuras leales al presidente de turno. Su tarea principal no fue ejecutar políticas públicas estructurales, sino blindar al mandatario frente a procesos de vacancia, investigaciones fiscales o crisis parlamentarias.

Hubo excepciones. Algunos llegaron con perfil técnico o gerencial, con experiencia en gestión pública o privada. Pero incluso ellos terminaron absorbidos por la lógica de la supervivencia política.

El Perú ha mostrado crecimiento macroeconómico en distintos periodos, pero ese crecimiento no se ha traducido en desarrollo integral. Sin continuidad ministerial es imposible cerrar brechas estructurales en salud, educación o seguridad. La rotación constante rompe procesos, interrumpe programas y diluye responsabilidades.

El Perú registró un crecimiento de 3,4 %. Imagen de la Presidencia de la República del Perú.

Diez años de inestabilidad estructural

La inestabilidad en Perú no ha distinguido ideologías. Gobiernos de centro, derecha e izquierda han terminado atrapados en la misma dinámica. La confrontación permanente con el Congreso, la judicialización de la política y la fragmentación partidaria han convertido al premier en una figura de sacrificio.

El resultado ha sido una política pública reactiva, no estratégica. Se gobierna para evitar la próxima crisis, no para construir el próximo decenio. La agenda se define por la coyuntura y no por un plan nacional consensuado.

En este contexto, los recientes cambios de mando y la búsqueda de nuevos ministros vuelven a encender la pregunta central: ¿seguiremos nombrando escuderos o volveremos a apostar por gerentes? La respuesta no es menor. De ella depende si la PCM recupera su rol articulador o continúa siendo un fusible institucional.

El factor Hernando de Soto: ¿Un giro técnico?

En medio de esta transición aparece la figura de Hernando de Soto. Su nombramiento introduce un matiz distinto. No se trata de un abogado convocado para la confrontación política ni de un operador parlamentario. Se trata de un economista con trayectoria internacional, asociado a la seguridad jurídica y a la formalización de la propiedad.

La juramentación del Gabinete De Soto se realizará el martes 24 de febrero. Imagen de Andina.

Su presencia puede interpretarse como un intento de enviar señales de estabilidad en un año electoral complejo. Garantía frente a los mercados, mensaje de neutralidad institucional y apuesta por la previsibilidad económica. Sin embargo, la pregunta de fondo persiste: ¿el sistema permitirá que un perfil técnico ejerza liderazgo real o terminará absorbiéndolo en la lógica defensiva que ha caracterizado la última década?

La experiencia reciente sugiere cautela. Ningún premier, por sólido que fuera su currículo, logró escapar a la fragilidad estructural de un Ejecutivo sin bancada orgánica y de un Congreso dispuesto a ejercer control político extremo.

Si la PCM vuelve a convertirse en un espacio de planificación estratégica, con estabilidad mínima y respaldo político efectivo, el país podría empezar a cerrar la brecha entre crecimiento y desarrollo. Si no, el ciclo continuará: cambios constantes, agendas interrumpidas y ministros diseñados para resistir, no para transformar.

Diecinueve premieres en diez años es el síntoma de un sistema que aún no decide si quiere gobernar con visión de Estado o sobrevivir semana a semana. Esperemos que la gestión de Hernando de Soto sea exitosa y que permita que quien gane las elecciones este abril lo tenga como primera alternativa.

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