La descentralización peruana no fracasó por exceso de regiones, sino por falta de condiciones reales para que esas regiones funcionen.

Dos décadas después, la evidencia es clara: gobiernos subnacionales con más funciones, más recursos y más burocracia, pero sin las capacidades básicas para planificar, ejecutar y sostener proyectos. El resultado es que el desarrollo regional sigue siendo una aspiración, no una política efectiva.
Centralización del poder en el MEF
Cómo el MEF se convirtió en un superministerio
La Constitución de 1993 fortaleció al MEF para garantizar disciplina fiscal y evitar los desequilibrios que marcaron décadas anteriores. Ese diseño otorgó al Ejecutivo una posición de control centralizado sobre el gasto. Con el tiempo, ese poder se amplió: hoy el MEF no solo administra la caja, sino que define qué proyectos avanzan, aprueba expedientes, asigna recursos, autoriza modificaciones, valida perfiles y marca el ritmo de la inversión pública. Es un superministerio en la práctica.

Ese protagonismo no se debe solo al diseño constitucional. Se agrava porque los gobiernos subnacionales no cuentan con equipos técnicos estables capaces de operar dentro de los sistemas nacionales de inversión, presupuesto, abastecimiento o control, todos tutelados desde el MEF. Cada nueva gestión reemplaza a su personal, reinicia su planificación y produce expedientes deficientes que derivan en obras paralizadas por miles de millones de soles. Ante esa fragilidad, el MEF centraliza decisiones sin contrapesos, respaldado por la incapacidad regional y local para sostener la ejecución pública.

Sin profesionalización territorial, la descentralización se reduce a un trámite que termina afectando directamente al ciudadano, quien depende del gobierno central para que su región funcione.
El problema territorial
Regiones sin capacidad de ejecución
La idea de organizar el país en regiones funcionales no nace en el siglo XXI, sino en la visión territorial de Javier Pulgar Vidal y en los primeros intentos de regionalización de los años 80 impulsados por Ramiro Prialé. Ese proceso fue desmantelado en los 90, dando paso a una recentralización total. Tras la caída del régimen de Fujimori, se retomó la descentralización creando gobiernos regionales sobre bases departamentales, pero sin resolver la deuda principal: construir ámbitos territoriales capaces de planificar y ejecutar en escala.
En ese contexto surgió el proyecto de macroregiones del gobierno de Alejandro Toledo. Su objetivo era fusionar voluntariamente departamentos para crear unidades más fuertes y competitivas. Sin embargo, el referéndum del 2005 rechazó todas las propuestas. El voto negativo respondió al temor de perder identidad local y a la desconfianza política, no a la falta de necesidad de articular territorios que puedan ejecutar infraestructura, ordenar cadenas productivas y operar servicios en escala.
La discusión no es volver al esquema del 2005, sino retomar su lógica: el desarrollo regional requiere ámbitos territoriales funcionales. Para eso hoy existen mecanismos más flexibles, como las Mancomunidades Regionales vigentes desde 2011. Son una vía pragmática para actuar en clave macrorregional sin modificar límites territoriales, pero siguen siendo débiles porque dependen de gobiernos sin capacidad técnica.
El debate territorial solo tiene sentido si antes se resuelve el problema de fondo: la profesionalización del Estado subnacional.
Profesionalizar el Estado subnacional
Tres reformas para que la descentralización funcione
- Servicio civil subnacional con concursos públicos, permanencia técnica más allá del ciclo político y evaluación por resultados. Sin equipos estables, no hay descentralización que funcione.
- Unidades regionales de proyectos con estándares de ingeniería, costos y control de obra. La mayoría de obras paralizadas nace en expedientes mal hechos. Equipos profesionales reducen errores desde el origen.
- Planificación moderna con datos en tiempo real: catastro actualizado, mapas de riesgo, costos comparados y alertas tempranas. Las herramientas digitales ya existen; falta integrarlas a la gestión subnacional.
Estas reformas no quitan poder a las regiones: les dan poder real. La descentralización fracasa cuando improvisa, no cuando se vuelve técnica.
Hacia una Descentralización real
Devolver funciones al MEF y fortalecer regiones
El objetivo es devolver al MEF sus funciones naturales: ser un Ministerio de Hacienda que recauda y cuida la caja, no un superministerio que decide el destino de cada región. La inversión pública debe migrar a un sistema donde las decisiones se tomen con base en planificación estratégica, no en urgencias coyunturales.
La descentralización solo cumple su promesa si cada región puede generar y sostener su propio desarrollo. No depende del mapa ni de la demarcación territorial, sino de la capacidad. Esa es la discusión pendiente desde hace más de veinte años y es la única que puede cambiar la historia del Perú.
