Se habló de modernización, de voto electrónico, de dar un salto tecnológico en el sistema electoral. Lo que terminó ocurriendo fue exactamente lo contrario: un proceso incompleto, mal diseñado y peor ejecutado. En lugar de avanzar hacia un sistema coherente, se introdujo una solución parcial que terminó generando más problemas de los que buscaba resolver. El resultado fue evidente el día de la elección: retrasos, desorden y una sensación extendida de improvisación.

Un sistema a medio camino: El fallo del STAE
El voto electrónico era el siguiente paso lógico. Se había anunciado, se había discutido y existía la expectativa de que al menos se implementara de forma parcial. Sin embargo, esa ruta fue reemplazada por la Solución Tecnológica de Apoyo al Escrutinio (STAE), un sistema que no sustituye el voto manual, sino que incorpora herramientas digitales en etapas específicas del proceso.
El STAE no es solo un software. Es un sistema que depende de un kit físico en cada mesa:
- Laptop e impresora.
- Mouse y un USB con el programa.
Eso implica logística, transporte, instalación, soporte técnico y coordinación en campo. Desde su diseño, introduce una capa adicional de complejidad operativa. El problema no es la tecnología, sino su uso sin criterio. Su implementación en Lima y Callao generó cuellos de botella desde el inicio de la jornada, afectando incluso la instalación de mesas.
Compras públicas sin lógica operativa
Para implementar este sistema, se adquirió una infraestructura tecnológica de gran escala. Miles de laptops e impresoras fueron incorporados bajo la lógica de modernización.
¿Esa inversión respondió a una necesidad operativa real o a una lógica de gasto?
El Estado peruano enfrenta un problema recurrente: las compras públicas muchas veces priorizan la adquisición antes que el resultado. Se compra porque hay presupuesto, pero no necesariamente porque el sistema lo requiera. Cuando los equipos no están plenamente integrados al proceso, lo que se genera no es eficiencia, sino fricción.
Logística fragmentada, resultado inevitable
Esa falta de integración se hizo evidente en la logística. Los kits electrónicos y el material electoral no fueron gestionados como un solo sistema.
- Descoordinación: Los componentes debían salir en vehículos distintos bajo una lógica sincronizada, pero los retrasos en el traslado rompieron esa dinámica.
- Consecuencia: Muchas mesas no se instalaron a tiempo por falta de insumos.
Esto ocasionó largas colas y frustración ciudadana. En Lima, fue necesario extender la jornada electoral, una decisión que no resuelve el problema, sino que lo deja en evidencia. En contraste, en regiones donde no se utilizó el STAE, el proceso se desarrolló sin mayores complicaciones.
Capacidades digitales: El factor humano olvidado
El STAE trasladó parte de la operación a los miembros de mesa, lo que requería capacidades digitales mínimas que no fueron aseguradas. Aunque existían asistentes técnicos, la cantidad de incidencias (inicio de sesión, fallas de configuración) superó la capacidad de respuesta.
Cuando un sistema depende del usuario final y este no está preparado, la tecnología se convierte en un obstáculo.

El problema de fondo: Desconexión estatal
Lo ocurrido en estas elecciones no es un hecho aislado. Es una manifestación de un problema estructural del Estado: la desconexión entre decisión, ejecución y realidad.
- Se incorporan herramientas sin validar condiciones operativas.
- Se realizan compras sin asegurar impacto.
- Se diseñan sistemas sin considerar a quienes los van a usar.
La modernización del sistema electoral sigue siendo necesaria. Pero no pasa por sumar dispositivos, sino por diseñar procesos coherentes, integrados y adaptados a la realidad del país en un contexto digital.
