La delincuencia opera con logística de guerra, la informalidad desborda al Estado y la ciudadanía queda expuesta. A ello se suma un sistema de partidos pulverizado, sin arraigo ni horizonte.
Un país desbordado y la necesidad de un referente moral
Miguel Grau como estándar de autoridad
En esta búsqueda de autoridad y dirección, el país vuelve a Miguel Grau. No al héroe rígido, sino al marino que se formó entre puertos, al oficial que hizo de la técnica una forma de servicio y al parlamentario que renunció a su curul para defender al país. Su escaño vacío en el Congreso es prueba de que el Perú reconoce en él un estándar moral que aún no encuentra sustituto.

Esa ética —disciplina sin abuso, mando sin estridencia, autoridad sin arbitrariedad— es la que falta en un país donde las instituciones se extravían. Por eso, su figura no es solo memoria: es un método para pensar el poder en tiempos de desorden.
La búsqueda de orden y nuevas respuestas políticas
El surgimiento del Partido Patriótico del Perú
La implosión del sistema político ha abierto espacio para corrientes que buscan responder al colapso estatal. La primera que he encontrado hasta el momento es el Partido Patriótico del Perú (PPP), que propone una reconstrucción institucional basada en jerarquía, disciplina y eficiencia. Su líder, Herbert Caller —comandante retirado, ingeniero, abogado y magíster— proviene de la tradición naval que tuvo en Grau a su figura cumbre.

A diferencia de otros militares que ingresaron en política, Caller combina disciplina operativa con formación ilustrada y tecnológica, en sintonía con la era digital y la inteligencia artificial.
Esa mezcla es la base de un “nuevo patriotismo” se presenta como intento de restauración: un Estado que pueda mandar, ejecutar y proteger. Caller intenta responder a un vacío que la política tradicional no pudo resolver.
En materia de seguridad, este patriotismo disciplinario propone una mayor articulación entre instituciones, refuerzo operativo a la Policía y una reforma del sistema penitenciario para quebrar el control criminal desde las cárceles.
En esa misma línea de debate, en mi artículo del domingo 7 sostuve que, en contextos de emergencia prolongada, es razonable que la Policía priorice los accidentes de tránsito —que duplica las muertes por homicidio— mientras las Fuerzas Armadas asumen temporalmente la conducción operativa de la seguridad ciudadana.

Respecto al sistema penitenciario, el PPP señala que la presencia de celulares, drogas y objetos prohibidos evidencia complicidades internas. Propone bloquear líneas y cuentas usadas para extorsiones y transformar los penales en centros donde el interno no le cueste tanto al Estado.
Sin embargo, a mi juicio falta un paso decisivo para cortar el circuito criminal: una megacárcel con centro de clasificación que articule Policía, Fuerzas Armadas y Poder Judicial en un entorno de aislamiento natural —como El Frontón o un arenal del norte— para controlar el flujo de internos.
En economía, el PPP mira hacia una soberanía productiva: crédito accesible, Cancillería orientada a la promoción económica y uso estratégico del “Mar de Grau” como eje de seguridad alimentaria. No promete milagros, pero plantea un Estado reorientado hacia sectores donde técnica, disciplina e identidad nacional puedan converger en resultados.
En educación, reconocen que la falla es estructural: solo 1.8 de cada 100 estudiantes entiende lo que lee. El PPP propone un aprendizaje más concreto y tecnológico, psicólogos en las escuelas y la expansión descentralizada de San Marcos, la UNI y la Agraria para llevar formación de alta calidad a las regiones.
Es un intento de recuperar el espíritu técnico y práctico que caracterizó la formación naval en tiempos de Grau: disciplina operativa, aprendizaje aplicado y capacidad de adaptación tecnológica.
Autoridad con legitimidad
El nuevo patriotismo peruano surge como síntoma del agotamiento del país, pero también como oportunidad para repensar la autoridad democrática. El Perú necesita orden que se ejerza con legitimidad y servicio. Aquí es donde la figura de Grau vuelve a iluminar el presente: mostró que la autoridad republicana no nace del grito ni del uniforme, sino del ejemplo y la coherencia.
El desafío del PPP —y de cualquiera que aspire a gobernar— es demostrar que la reconstrucción institucional puede inspirarse en esa ética. Recuperar la disciplina sin sacrificar la democracia, ejercer el mando sin confundirlo con abuso y proteger al ciudadano sin vulnerar sus libertades. Grau encarnó ese equilibrio. El país necesita que sus líderes estén a la altura de ese estándar.
