José Linares Gallo

La victoria de Enrique Valderrama en las elecciones internas del Partido Aprista Peruano no es solo un cambio de dirigencia: es una señal de madurez democrática en un sistema político donde muchos partidos se han convertido en franquicias personales o simples plataformas electorales sin vida orgánica.

Enrique Valderrama
Enrique Valderrama, candidato a la presidencia con el APRA. Fuente: Gestión.

Por eso, lo primero es reconocer un hecho fundamental: una dirigencia que condujo al APRA durante dos décadas aceptó la transición a una nueva generación mediante el voto interno. Esa retirada democrática —inusual en el Perú— confirma que el partido aprista mantiene un capital institucional que la política nacional casi ha perdido por completo.

La campaña de Valderrama tampoco siguió el libreto tradicional: nació casa por casa, conversando con apristas que hacía años no participaban y reconstruyendo, desde abajo, la sociología real del APRA. Y quizá la escena más simbólica de este proceso sea la adhesión de Lucio “Mochero” Vázquez, histórico aprista y guardia personal de Víctor Raúl Haya de la Torre, quien a los 79 años decidió respaldar a la nueva generación como segundo vicepresidente en su lista.

Victor Raúl Haya de la Torre
Víctor Raúl Haya de la Torre, Fundador del APRA. Fuente: Gestión.

Ese gesto resume el encuentro entre la vieja guardia hayista y el aprismo que busca volver a pensar el país. A ello se suma la presencia de María Inés Valdivia, historiadora y docente universitaria con amplia producción académica, como primera vicepresidenta, aportando rigor intelectual a la renovación.

El espacio – tiempo de Haya en la era digital

Volver a la doctrina desde el presente

La tesis del espacio-tiempo histórico de Víctor Raúl Haya de la Torre, formulada como sustento doctrinario del aprismo, parte de una idea esencial: cada pueblo —y cada movimiento político— actúa según su propio espacio, su propio ritmo y su propia conciencia histórica. Allí se define su identidad y su capacidad para interpretar la realidad.

Haya sostenía que la política no funciona con dogmas importados ni con recetas universales: cada sociedad debe leer su tiempo y ubicarse en él. El espacio-tiempo es, justamente, la convergencia entre territorio, memoria, desafíos y la velocidad histórica con la que un pueblo avanza hacia su destino.

Alianza Popular Revolucionaria Americana
Alianza Popular Revolucionaria Americana. Fuente: El Montonero.

Si aplicamos esa lógica al Perú del siglo XXI —donde la inteligencia artificial, los datos, la automatización y la brecha tecnológica reordenan el mundo— la pregunta inevitable es:

¿Qué plantearía Haya hoy?

Seguramente que la representación popular debe reaprender a leer su tiempo histórico y que ningún partido sobrevivirá si no comprende cómo la tecnología transforma el trabajo, la democracia, la representación, la economía, la cultura y la política.

El espacio-tiempo del 2025 no es el de 1930 ni el de 1980: es un espacio digital, acelerado, desigual y globalizado, donde el capital decisivo ya no es solo económico, sino cognitivo y tecnológico.

Una renovación con doctrina

El APRA como excepción en un sistema fragmentado

Las internas apristas han demostrado algo políticamente trascendente: en el Perú sí puede existir democracia interna, y sí es posible cambiar de rumbo sin fracturas terminales.

Mientras la mayoría de partidos funciona sin ideología, sin disciplina y sin militantes reales, el APRA —con todas sus crisis y errores— mantiene una capacidad singular de organización, deliberación y sucesión. Esa institucionalidad no es un lujo: es una condición para que el país recupere un sistema político funcional.

El triunfo de Enrique Valderrama confirma que la tradición hayista sigue vigente, como una metodología viva para leer el país y encaminar su futuro.

El desafio del presente

Crecer no es progresar

Haya definió el espacio-tiempo histórico como la conciencia colectiva que permite a un pueblo identificar su destino y actuar de acuerdo con él. Hoy esa conciencia exige entender la desigualdad digital, la revolución de la IA, la precariedad del trabajo juvenil, las brechas territoriales y la urgencia de un proyecto nacional social y moderno.

Durante las últimas dos décadas, el Perú vivió ciclos de altos precios de minerales y aumentos históricos en ingresos fiscales, pero sin convertirlos en progreso real: persistieron la extrema pobreza, la anemia infantil, la educación mediocre y la productividad estancada. Como escribí el domingo 30 de noviembre, somos un país que crece sin progresar.

Haya no habría aceptado esa desconexión. Su concepción del espacio-tiempo histórico obliga a que el crecimiento económico se convierta en desarrollo humano; exige leer los signos de la época y corregir el rumbo cuando el país avanza en cifras, pero retrocede en capacidades. Ese principio interpela directamente a la nueva dirigencia aprista: no basta ganar elecciones internas, hay que recuperar la capacidad de interpretar el tiempo histórico del Perú y actuar en consecuencia.

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